lunes, 13 de mayo de 2013

Verdades y mitos de la vacunación, Dra. Chiappano


Considero fundamental informarse porque es la única forma de poder elegir a 

conciencia, de hacerse responsable. Muchos me han preguntado donde pueden 

leer u obtener información de esta temática y ESTA es la oportunidad. 


Conozco a Alejandra y la RE recomiendo, fue la primer pediatra de mi hijo y 

sabe muchisimo.

Difundan la información con otras mamas, dense el lugar y la oportunidad de al

menos ir a escuchar 

otra opinión desde un lugar conciente y amoroso. Mucho se debate sobre el 

tema, quienes me conocen saben que elijo.

Hasta luego!


jueves, 9 de mayo de 2013

EL VACÍO QUE REVELA



La mujer es la divina oquedad que lo contiene todo. 
El vacío. 
Es difícil vivir así y aún más difícil comprenderlo. 
Su vida entera es una búsqueda por definirse y relacionarse a través del reflejo que otros espejan en ella.
La mujer es una añoranza, la aspiración que representa el aliento, el flujo, las mareas y los ciclos del devenir. Su indefinición abraza la vida como la espuma la arena de la playa. Ella es movimiento sin forma, un río sin orillas, el nexo vacío y hueco del calderón. Su naturaleza es ceder y en esa entrega creer momentáneamente que ella es lo que contiene.
¿Qué es el contenedor sin lo que contiene? 
La continua procura por descubrir lo invisible, creyendo momentáneamente que es poderoso y fuerte. Identificándose con la naturaleza de lo que contiene.
¿Qué es un océano sin fronteras? Expansión ilimitada y añoranza.
¿Qué es la apertura sin el espacio que contiene? El expectante vacío que espera su gestación.
La mujer es el curso del agua, pasaje atemporal, igualdad indiferenciada a través de las fases mutantes de la Creación, el principio de entrega de la eternidad.
Ella es la no-forma, el resonar de la música que califica las emociones y los sentidos en un secreto eterno. Un mundo de infinitas posibilidades.
Mujer y hombre, espacio y forma, han sido amantes siempre, aquello que cree que es, y lo que nunca podrá ser… como juegan y bailan, se apartan cada uno en su propia naturaleza, solo para regresar y dar a luz al Amor.
Todo ocurre en el calderón. 
El vacío que revela.

Volver a la infancia a partir de la maternidad...



“La maternidad es un viaje a nuestra infancia, y más atrás aún, a nuestra naturaleza de mujer, al instinto dormido y casi olvidado. Perdido. Un recorrido por los bordes de nuestro cuerpo, nuestros agujeros, y nuestras entrañas. Un retorno a olores ya conocidos. A sentidos anestesiados. Un maravilloso viaje a nuestro interior que sabemos el día que lo emprendemos por primera vez, pero que intuimos sabiamente que no termina nunca...” 


martes, 7 de mayo de 2013

de este lado del mundo


Doña Carmen toma a la recién nacida, le da vuelta y con un

movimiento rápido corta el cordón y lo anuda. Xintal cierra 

los ojos. Para ella ése es uno de los momentos más 

dramáticos de la existencia; es el instante preciso en que 

empieza la soledad jamas redimida del ser humano. 



Del libro "Sofía de los presagios" de Gioconda Belli

viernes, 3 de mayo de 2013

Leche materna a la carta


Extracto del libro de Carlos Gonzalez "Mi hijo no me come"
EXCELENTE, lo recomiendo :)

¿Por qué no maman según un horario regular?
El horario de las mamadas es un mito. Hubo un tiempo en que se creyó
que los bebés tenían que mamar cada tres horas, o cada cuatro horas (¡y
diez minutos de cada lado, para mayor escarnio!). ¿Se ha preguntado
alguna vez por qué diez minu tos, y no nueve u once? Evidentemente,
son números redon dos. ¿Cómo han llegado algunos a creer que un
«número redondo» era un «número exacto»?
Por supuesto, los adultos jamás comemos «diez minutos de cada plato
cada cuatro horas». ¿Cuánto tardamos en comer un plato? ¡Pues
depende de lo rápido que comamos, vaya cosa! A los niños les pasa
igual: si maman rápido tardan menos de diez minutos, y si maman
despacio tardan más.11
Si comemos a horas fijas es sólo porque nuestras obligaciones laborales
nos lo exigen. Normalmente, en los días festivos nos saltamos
totalmente el horario habitual, sin que nuestra salud se resienta en lo
más mínimo. Sin embargo, todavía hay gente que cree que los bebés se
han de acostumbrar a un horario, con vagas referencias a la disciplina o
la digestión.
La comida de los adultos puede esperar. Nuestro metabolismo nos lo
permite, y la comida será la misma a una hora que a otra. Pero su hijo
no puede esperar. Su sensación de hambre es imperiosa, y la comida
cambia si se retrasa. Porque la leche materna no es un alimento muerto,
sino un tejido vivo, en constante evolución. La cantidad de grasa en la
leche aumenta mucho a lo largo de la mamada: la leche que sale al
principio tiene poca grasa, y la que sale al final tiene hasta cinco veces
más.
La cantidad media de grasa en la leche en una determinada mamada
depende de cuatro factores: disminuye con el tiempo transcurrido desde
la mamada anterior (cuanto más tiempo, menos grasa) y aumenta con la
concentración de grasa al final de la mamada anterior, el volumen
ingerido en la mamada anterior y el volumen ingerido en la mamada
actual (la lectora curiosa puede consultar la excelente revisión de Woolridge
sobre la fisiología de la lactancia).12 El niño que toma dos pechos
raramente se acaba el segundo, así que podríamos decir, simplificando
mucho, que toma dos tercios de leche aguada, y un tercio de leche
concentrada. En cambio, el que toma un solo pecho toma mitad de
aguada y mitad de concentrada. Si toma leche con menos grasas (y, por
tanto, con menos calorías), su hijo puede aceptar un volumen mayor, y
por tanto tomar más proteínas... De modo que el bebé que toma 50 ml
de cada pecho no está tomando lo mismo que el que toma 100 ml de un
solo pecho; y la dieta del que toma 80 ml cada dos horas y del que
mama 160 ml cada cuatro horas son totalmente distintas.
El control de la composición de la leche es todavía objeto de
investigación, y lo que desconocemos es, probablemente, mucho más
que lo que ya sabemos. Por ejemplo, se ha observado que un pecho
suele producir leche con más proteínas que el otro. Tal vez sea pura
casualidad... o tal vez su hijo pueda elegir, mamando más de un pecho
o del otro, una comida con más o menos proteínas.
¿Creía que su hijo comía siempre lo mismo? ¿Pensaba que sería aburrido
pasar meses tomando sólo leche? Pues ya ve que con la leche materna
no es así. Su hijo tiene a su disposición una amplia carta donde elegir,
desde sopas ligeras hasta cremosos postres. Como no puede hablar (ni
el pecho podría entenderlo, por otra parte), encarga su menú dando
instrucciones al pecho mediante tres claves:
1. La cantidad de leche que toma en cada mamada (es decir, mamando
más o menos tiempo con mayor o menor intensidad).
2. El tiempo entre una mamada y otra.
3. El tomar de un solo pecho o de los dos.
Lo que su hijo hace en el pecho es auténtica ingeniería, para obtener
cada día exactamente lo que necesita. El control de su hijo sobre su
dieta es total y perfecto cuando puede variar a volun tad las tres claves.
En eso consiste la lactancia a demanda: que el bebé decida cuándo ha
de mamar, durante cuánto tiempo y si ha de tomar un pecho o los dos.
Cuando se les impide controlar uno de los mecanismos, la mayoría de
los bebés consiguen una dieta adecuada maniobran do hábilmente con
los otros dos. Así, en un experimento, 13 a unos bebés les dieron siempre
un solo pecho en cada toma durante una semana, y los dos pechos en
cada toma en otra semana (el orden de las semanas era al azar). En
teoría, los bebés hubieran ingerido muchísima más grasa a lo largo del
día al tomar un solo pecho que al tomar dos. Sin embargo, los bebés
modificaron espontáneamente la frecuencia y duración de las mamadas
y consiguieron tomar cantidades similares de grasa (pero volúmenes
distintos de leche).
Pero el bebé que no puede modificar ni la frecuencia ni la duración de
las tomas, ni decidir si toma un pecho o los dos, está perdido: ya no
tomará la leche que necesita, sino la que por casualidad «le toque». Si
su dieta se aparta mucho de sus necesidades, el bebé tendrá problemas:
su peso no será adecuado, o pasará el día hambriento y lloroso. Por eso
la lactancia con horario raramente funciona, y el resultado es tanto más
catastrófico cuanto más estricto se pretende imponer el horario. El bebé
necesita mamar de forma irregular, porque sólo así puede ingerir una
dieta equilibrada.
Desde el primer día, aunque aparentemente esté tomando sólo leche, su
hijo ha estado eligiendo su dieta entre un amplio abanico de
posibilidades, y ha elegido siempre con acierto, tanto en cantidad como
en calidad.

La química del amor maternal



Un niño nace diseñado para enamorar a su madre por una cuestión de supervivencia. Llega al mundo indefenso y durante un tiempo dependerá de quien asuma la función de alimentarle, consolarle, estimularle… Suele ser la madre quien se encarga de esos cuidados durante el aterrizaje del niño en la vida. Ella no puede dejar de mirarlo, de pensar en él, de querer cuidarlo. Cuando el bebé empieza a sonreír, se activan en el cerebro de la madre regiones relacionadas con la recompensa. Así que ella se engancha a las sonrisas y las monerías de su retoño. Gracias a los avances neurocientíficos se empieza a saber mejor cómo influye el amor de madre en el cerebro del niño.
  
Ese vínculo entre una madre y su bebé es un complejo entramado de factores hormonales, neuronales, psicológicos y sociales. Muchas investigaciones avalan que el amor maternal no sólo es fundamental para un buen desarrollo cerebral del niño, sino que también es una excelente inversión para la salud mental del futuro adulto.
 
“Al nacer sólo tenemos desarrollado el 25% del tamaño del cerebro”, señala Adolfo Gómez Papí, neonatólogo del hospital Joan XXIII de Tarragona y profesor de la Universitat Rovira i Virgili. “El 75% restante –continúa– se desarrolla durante los dos o tres primeros años de vida. Aunque luego el cerebro puede cambiar, las estructuras básicas están formadas a los tres años. Y cómo se vayan desarrollando dependerá mucho del tipo de alimentación y de la relación que el hijo establezca con su madre”.
 
También influyen los genes y que, poco a poco, el niño se abrirá a otras figuras importantes para su evolución, como su padre. Pero, al principio, casi todo el horizonte del niño será el amor de su mamá –o de su cuidador principal, en el caso de que sea el padre, por ejemplo–. Como explica Enrique García Bernardo, psiquiatra del hospital Gregorio Marañón de Madrid, “el bebé recibe importante información emocional de su madre; ella le habla, lo acaricia, le canta, lo acuna, le sonríe…”. Empatiza con él, ríe con él, sufre con él. Lo ama. Y ese amor de madre va tejiendo el vínculo entre ellos, desarrollando el cerebro del niño, programando las conexiones entre las neuronas.
 
Un intercambio afectivo entre el hemisferio derecho de la madre y el de su hijo, como ha escrito en un artículo Allan Schore, profesor del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de California-Los Ángeles (Estados Unidos) y uno de los principales investigadores del vínculo entre madre e hijo. Porque, como apunta Gómez Papí, “en el niño predomina sobre todo el hemisferio derecho, que tiene que ver con las emociones”. Así que entre madre e hijo se da una intensa comunicación emocional. El idioma del bebé son sus llantos cuando tiene hambre o sueño, sus sonrisas, sus balbuceos… Y, el de ella, los besos y las palabras de amor que le dedica, los abrazos que lo consuelan, el alimento que le da, estar cerca de él… Un diálogo muy especial, cuyo código a veces parecen conocer únicamente la madre y el niño, y que moldea el cerebro del pequeño.
 
El recién nacido tiene unos 100.000 millones de neuronas. Y en los primeros años de vida se van a formar billones de conexiones entre ellas. Más o menos al final del primer año, señala Gómez Papí, se produce una poda neuronal. Ya hay billones de conexiones y, como el cerebro quiere economizar recursos, “poda las conexiones menos empleadas; si el apego con la madre ha sido seguro, se habrán formado muchas conexiones que tienen que ver con la seguridad, y esas conexiones se mantendrán”.
 
El cerebro se habrá preparado para vivir en un entorno seguro, así que el niño empezará a percibir la vida como un lugar seguro: me consuelan cuando estoy mal, quizás no tengo que temer al mundo. Una buena forma de encarar su futuro. “Tendrá más ganas de explorar. Los niños que no han tenido un buen vínculo son más inhibidos”, explica Ibone Olza, psiquiatra infantil del hospital Puerta de Hierro de Majadahonda (Madrid) y profesora de la Universidad Autónoma de Madrid. “Una de las funciones más importantes de la madre –afirma– es regular las emociones de su pequeño. Es básico que le dé el consuelo que necesita. No es tan importante que acierte siempre si el niño tiene hambre o sueño cuando llora. Lo importante es que responda a su llamada para que este tenga más ratos de bienestar y menos de malestar”. Así, el niño siente que la persona más importante para él está disponible cuando la necesita. Y empieza a gatear por la vida con confianza.
 
Una buena base para la salud mental del futuro adulto. Como comenta García Bernardo, “una adecuada relación con la madre en los primeros años es un factor que ayuda mucho a la salud mental del adulto, aunque no lo es todo, porque la vida es muy larga”. Visto desde el lado amargo, numerosos estudios señalan que los niños que han vivido un apego inseguro porque han sufrido negligencias o abusos por parte de sus cuidadores principales tienen mayor riesgo de sufrir depresión, ansiedad o trastornos de personalidad durante su adultez. Y ¿cuántos niños viven un apego seguro? Según algunas investigaciones, aproximadamente el 75% establece un apego seguro, un vínculo cercano afectivamente y estable, con sus madres. “Las madres ejercen de madres desde hace ya años, y, en general, lo hacen bien”, recuerda García Bernardo. Unos primeros años de vida complicados no tienen por qué ser una condena de por vida. “El niño puede encontrar más adelante otras figuras de referencia. Y el cerebro es plástico, puede adaptarse. Se ve en los niños adoptados”, añade Adolfo Gómez Papí.
 
Algunas investigaciones sobre los cuidados maternos se centran en cómo afectan las primeras experiencias en la forma de afrontar el estrés a lo largo de la vida. Michael Meaney, profesor de Psiquiatría en la Universidad McGill, en Montreal (Canadá), es uno de los principales investigadores en este campo. En uno de sus experimentos participaron un grupo de personas de entre 18 y 30 años que dieron una puntuación elevada en un cuestionario sobre los cuidados maternos recibidos y un grupo de personas que dieron una puntuación baja. Les pidió que realizaran una tarea aritmética mental delante de una pantalla que les informaba sobre los errores que cometían y el tiempo que tardaban en resolver los problemas. Una inyección de estrés para ver cómo respondían. Y las personas que habían tenido buenos cuidados maternos segregaban menos cortisol, la principal hormona que se activa en el estrés.
 
“Cuanto menos cortisol se segrega, menos reactividad al estrés”, señala Roser Nadal, profesora del Instituto de Neurociencias de la Universitat Autònoma de Barcelona. Es decir, se afrontan con mayor tranquilidad los retos de la vida. Y la relación entre cuidados maternos y estrés en el futuro adulto se ha comprobado una y otra vez al estudiar los estilos de crianza de las ratas, que tienen un sistema nervioso parecido en algunos aspectos al de los humanos. Hay ratas que ejercen de madres con más entrega que otras. “Depende de si les dan a sus crías las suficientes caricias y lametones que estas necesitan y de cómo las amamanten. Algunas arquean su cuerpo para proteger bajo él a sus crías mientras maman y otras se ponen de lado y pasan de todo. Hemos visto que estas conductas activan o desactivan genes relacionados con el estrés. Y queda afectada la respuesta de las crías al estrés”, añade Nadal. Los cuidados de las madres dejan una marca en el cerebro y también en los genes. Algo que, según Meaney, parece confirmarse en estudios realizados con seres humanos. “Es lo que se conoce como epigenética: el ambiente modula la expresión de los genes”, dice Nadal.
 
Que madre e hijo formen un buen equipo afectivo puede favorecer además el desarrollo cognitivo del niño y ayudarle a sacar mejores notas. En buena medida, porque probablemente crecerá con más seguridad y estará más motivado. Aunque otro de los factores que explicarían este mejor rendimiento escolar es que los niños que han recibido buenos cuidados maternos podrían tener el hipocampo (estructura cerebral fundamental para el aprendizaje y la memoria) más grande.
 
En el 2012, investigadores de la Universidad de Washington en San Luis (EE.UU.) publicaron un estudio sobre la influencia de un buen vínculo maternal en el hipocampo de los niños. Primero, analizaron el tipo de relación que tenía con sus cuidadores principales –el 96,7% eran las madres biológicas– un grupo de niños de entre cuatro y siete años. Para ello emplearon una ingeniosa “tarea de espera”: dijeron a cada cuidadora que el niño debía aguantar ocho minutos para abrir un regalo que tenía al alcance y que estaba envuelto de forma muy llamativa. Una tortura para la capacidad de resistencia al deseo de un niño. Mientras, la cuidadora tenía que rellenar unos cuestionarios, tarea cuyo único objetivo era que no pudiera estar totalmente concentrada en el niño. Se buscaba reproducir el estrés que supone criar a los hijos, pues en la vida cotidiana, muchas veces hay que estar pendiente de ellos a la vez que se hacen otras tareas… Los investigadores observaban cómo se manejaba la madre en ese conflicto de intereses, si era capaz de ayudar correctamente al niño para que no abriera el regalo. En este caso, consideraban que el estilo de crianza que seguía ese cuidador era bueno para el niño.
 
Luego, mediante resonancia magnética, comprobaron que los niños que habían recibido una ayuda adecuada para no abrir el regalo tenían un hipocampo un 9,2% mayor que los que no habían recibido una buena ayuda. Aunque la mayoría de los cuidadores eran las madres biológicas, los autores del estudio opinaron que los efectos positivos de una buena crianza en el cerebro del niño serían parecidos aunque el cuidador principal fuera otra persona, como la madre adoptiva. “Hay estudios con animales que confirman también que los que recibieron una buena crianza de sus madres tienen menos déficits cognitivos cuando son ancianos”, explica también Roser Nadal. Los descubrimientos sobre el vínculo madre-hijo son diversos. “Hay células del feto que se instalan en el cerebro de la madre durante el embarazo. Todavía no sabemos por qué”, comenta Ibone Olza. Los científicos continúan rastreando las claves neurocientíficas de la relación entre las madres y sus hijos.
 
Mientras, ellas hacen mil y un malabarismos para combinar la maternidad con los demás aspectos de su vida. Los padres cada día intervienen más en la responsabilidad de criar a los hijos, pero todos los expertos consultados para este reportaje reclaman que la sociedad debería ayudar más a las madres. Por mucho que avance la ciencia, “todavía ser madre es difícil”, indica Olza. “Pero el vínculo –añade– entre una madre y su hijo es vital para la especie.
 
La madre tiene que estar rodeada de personas que la cuiden. Como dice un proverbio africano, a un niño lo cría toda una tribu”. Muchas madres se sienten culpables por no llegar a todo, por creer que, tal vez, no están dando a sus hijos el tiempo y el amor que estos necesitan. “Aunque es importante que estén tiempo con sus hijos –considera Enrique García Bernardo–, lo fundamental para un buen apego es la calidad del tiempo. Que, cuando una madre esté con su hijo, esté tranquila, disponible afectivamente y disfrute con él. Estoy seguro de que si las madres pudieran dedicar a sus hijos más cantidad y calidad de tiempo, la sociedad sería un lugar mejor”.

Composición de la leche materna en la misma tetada: leche del inicio y leche del final


A través de esta imagen podemos constatar algo de lo que hemos conversado en varias ocasiones. La leche materna cambia de composición tanto a lo largo de la vida del bebé, como durante una misma tetada. De los tipos de leche materna a medida que el bebé crece conversaremos en otra ocasión, en este caso particular nos detendremos a los distintos tipos de leche durante la misma tetada.
En la imagen vemos a simple vista la diferencia de coloración y consistencia de la leche materna durante la misma tetada. El frasco de la izquierda corresponde a la primera leche que se libera durante el inicio de la tetada. La cual es una leche rica principalmente en azúcares (en especial lactosa que es el azúcar mas abundante en la leche materna) y por ende de consistencia más ligera y dulce. Esta leche tiene la importante función de saciar la sed del bebé porque es más abundante y rica en agua, a la vez que satisface principalmente los requerimientos energéticos del cerebro humano. Este detalle es muy importante puesto que nuestro cerebro es el único órgano de nuestros cuerpo que sólo digiere glucosa. Un azúcar simple (monosacárido) que se forma a partir de la digestión metabólica de la lactosa. Es decir que esta primera leche es imprescindible para el bebé puesto que precisamente se encuentra en una etapa en la cual su cerebro requiere de gran suministro energético como parte de la intensa actividad y maduración neuronal que está teniendo lugar.
En tanto el segundo frasco corresponde a la segunda leche o también llamada leche del final de la tetada. Es la leche que queda luego de que el seno ya se ha vaciado parcialmente y por ende está presente en menos volumen. Como podemos observar en la imagen esta leche tiene una coloración más intensa y una consistencia más espesa. Lo cual se debe a que en esta leche se concentran grandes cantidades de ácidos grasos, cuya función está destinada principalmente a acumularse como parte del tejido adiposo del bebé y a ser el suministro energético para sus músculos (los músculos usan para su funcionamiento principalmente ácidos grasos), es decir que su función es garantizar que la masa corporal del bebé aumente y gane peso como parte de su crecimiento normal.
En ambas leches, tanto la del inicio de la tetada como la leche del final, encontramos grandes cantidades de proteínas, vitaminas, células inmunológicas, anticuerpos, probióticos, minerales y otras sustancias imprescindibles y ajustadas a las necesidades del bebé en cada etapa.
La diferencia en la composición de la leche materna durante la misma tetada justifica el hecho de que no sea recomendable que los bebes recién nacidos tomen pecho sólo durante 10 a 15 min de cada seno como sugieren algunos y luego de ese tiempo cambiarlos al otro seno. En aquellos casos en los que la lactancia materna se maneja de ese modo aparecen problemas asociados al aumento de peso de los bebes puesto que estos no ganan peso o lo ganan muy lentamente y a la vez aparecen algunas señales de intolerancia a la lactosa. Lo cual en realidad no está asociado a problemas del bebé o a la calidad de la leche materna, sino que la causa es un mal manejo de la lactancia materna . Ante casos como estos es suficiente con modificar el patrón de lactancia de él/la bebé a partir de las siguientes pautas: dejarlos y estimularlos a que permanezcan en el mismo pecho por más de 20 min, darles de mamar del mismo pecho durante varias tomas seguidas, o en casos de mamás con mucha producción o reflejo de eyección muy fuertes extraer un poco de la primera leche antes de amamantar al bebé. Con estos cambios en el modo de amamantar es suficiente para que los bebés comiencen a ganar peso más rápidamente y desaparezcan los síntomas asociados a la intolerancia.
La supuesta intolerancia a la lactosa que se presenta asociada a un patrón de lactancia de 10 min en cada seno y que se manifiesta con deposiciones verdosas, como explosivas y con flemas, reflujo, cólicos a la vez que con un lento aumento de peso en el bebé, es en realidad un comportamiento asociado al excesivo consumo de lactosa y no a una deficiencia metabólica en el proceso de degradación de la lactosa. Ante el exceso de lactosa el intestino delgado del bebé no logra digerirla en su totalidad y asociado a esta digestión incompleta aparecen grandes cantidades de azúcares reductores, lo que aumenta la acidez intestinal y puede provocar un daño en la flora bacteriana normal de la zona. De manera tal que aparecen todos los síntomas mencionados y que se asocian a la intolerancia a la lactosa pero que en realidad es una intolerancia por exceso de lactosa y no por una deficiencia metabólica real presente en los infantes.
La solución para estos trastornos mencionados es lograr un patrón de lactancia a través del cual el bebé ingiera grandes cantidades de leche del final más rica en grasas y no sólo la leche inicial más rica en lactosa. Lo cual sucede en el bebé recién nacido y hasta alrededor de los 3 meses de edad con un patrón de LM que les permita permanecer más de 20 minutos en cada pecho, y sobretodo respetando los tiempos de cada bebé.
Como podemos constatar luego de ahondar en el tema, la leche materna es perfecta y ajustada a los requerimientos de nuestros bebés y niñ@s pequeñ@s y su composición está en función de las necesidades y requerimientos que como humanos presentamos Cualquier comentario acerca de que tu leche es aguada o no alimenta a tu bebé responde a un desconocimiento acerca de las características y propiedades de la leche humana
y los problemas asociados a la lactancia materna en general responden a manejos inadecuados del patrón de LM y por ende se solucionan en la medida en que este patrón cambia.